Ensayo incendiario sobre la numeritis cinematográfica (o cómo convertir el arte en un sudoku emocional)




🔥 I. La dictadura del decimal

Hay un pequeño ritual contemporáneo que se repite con la fe de una misa dominical: un crítico de cine, con el ceño fruncido y la solemnidad de quien cree estar midiendo la presión atmosférica del alma humana, anuncia que tal película “merece un 7.3”. No un 7. No un 7.5. Un 7.3, como si hubiera un termómetro universal capaz de registrar la temperatura exacta de la emoción, la textura del silencio o la densidad simbólica de un plano secuencia.

El crítico no lo dice, pero lo insinúa: yo sé medir lo inmedible.  
Y ahí empieza la comedia.

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🎭 II. El arte reducido a trámite administrativo

La calificación numérica es la fantasía burocrática aplicada al cine. Es la idea de que una película puede ser archivada, sellada y clasificada como si fuera un trámite en ventanilla: “Drama, 6.8; terror, 5.9; obra maestra, 9.1”. El número funciona como un sello de aprobación o de desprecio, pero sin el más mínimo esfuerzo por justificarlo.

Porque, seamos honestos:  
- ¿Qué significa un 8.2 en atmósfera?  
- ¿Cuántos puntos vale un buen uso del fuera de campo?  
- ¿Cuántos décimos se descuentan por un final abierto que incomoda al crítico?  

La numeritis es la ilusión de que el arte puede ser reducido a un Excel.

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🧨 III. La soberbia del crítico que cree tener un calibrador de belleza

El crítico numérico no solo opina: dictamina.  
No dice “a mí me pareció”. Dice “esta película es un 6.8”.  
Como si la experiencia estética fuera un fenómeno físico susceptible de medición con instrumentos certificados por la Secretaría de Normatividad Cinematográfica (que, por suerte, no existe… todavía).

El número es un gesto de poder.  
Un pequeño acto de soberbia envuelto en la apariencia de objetividad.

Y lo más irónico: cada crítico usa su escala como le da la gana.  
Para uno, un 7 es casi una obra maestra; para otro, es un insulto.  
Pero ambos hablan como si estuvieran leyendo el mismo manual de instrucciones del universo.

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🎬 IV. La trampa del ranking: cuando el mercado suplanta a la mirada

La numeritis no nació del amor al cine, sino del amor al ranking.  
Las plataformas necesitan listas, comparaciones, polémicas.  
El público quiere saber qué ver sin tener que pensar demasiado.  
Y el crítico, encantado, entrega su numerito como quien entrega una contraseña secreta.

El problema es que el ranking premia lo “correcto”, lo “redondo”, lo “aceptable”.  
Las películas incómodas, arriesgadas, imperfectas pero memorables, suelen quedar aplastadas bajo la tiranía del 6.4.

El número no describe: domestica.

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🔥 V. El cine no se califica: se atraviesa

El arte no es un examen.  
No hay respuestas correctas.  
No hay rúbricas.  
No hay criterios universales.

Lo único honesto que puede hacer un crítico es interpretar, argumentar, confesar su mirada.  
Decir:  
- “Esta película me descolocó.”  
- “No me gustó, pero reconozco su potencia.”  
- “Es fallida, pero fascinante.”  
- “Me dejó pensando tres días.”  

Eso es crítica.  
Lo otro es contabilidad emocional.

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🧯 VI. Conclusión: abolir el decimal, recuperar la mirada

La numeritis cinematográfica es el síntoma de una época que prefiere la ilusión de certeza a la experiencia de ambigüedad. Pero el cine —como todo arte— vive precisamente en lo ambiguo, lo inestable, lo que no cabe en una escala.

El día que dejemos de pedirle a los críticos un número y les exijamos una mirada, quizá recuperemos algo del misterio que el cine siempre ha tenido y que los decimales, con su arrogancia matemática, intentan borrar.

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