La revelación
El autobús arrancó despacio, levantando una nube de polvo que se quedó suspendida en el aire como si dudara entre subir o caer. Nina se acomodó en el asiento junto a la ventana. Tenía las manos frías, aunque el amanecer ardía sobre las montañas.
Real de Catorce se iba haciendo pequeño, pero no desaparecía.
Parecía seguirla.
Nina respiró hondo. Intentó pensar en Arturo, en su voz, en la forma en que la había mirado la última noche. Pero algo en su pecho no encajaba. Algo vibraba, como si una pieza invisible hubiera cambiado de lugar.
Entonces lo vio.
Arturo estaba de pie en la entrada del pueblo.
Inmóvil.
Demasiado inmóvil.
La luz del amanecer lo recortaba contra las montañas, pero su sombra… su sombra no caía hacia atrás como debía. Se extendía hacia adelante, hacia el autobús, como si quisiera alcanzarla. Como si supiera exactamente dónde estaba sentada.
Nina parpadeó.
La sombra se alargó un poco más.
El autobús avanzó unos metros.
Arturo no se movió.
Pero su silueta sí.
Por un instante —uno breve, casi imperceptible— su cuerpo se encorvó, como si cargara un peso invisible sobre la espalda. Su cuello se inclinó hacia un lado, demasiado. Su brazo se estiró con un ángulo que ningún cuerpo humano debería tener.
Nina sintió un frío que le subió por la columna.
El autobús siguió avanzando.
Arturo se volvió más pequeño.
Pero su sombra no.
La sombra crecía.
Se arrastraba por el suelo.
Se deslizaba como humo espeso.
Y entonces, el viento sopló.
No fue un viento normal.
Fue un golpe seco, como si algo hubiera exhalado desde las minas.
Y con ese viento llegó la risa.
Esa risa.
La risa que Arturo había descrito.
La risa que no pertenecía a ningún hombre.
Una risa profunda, cavernosa, que parecía venir desde debajo de la tierra.
Una risa que se metió por la rendija de la ventana y le rozó la nuca.
Una risa que no se escuchaba con los oídos, sino con los huesos.
Nina se llevó la mano al pecho.
El corazón le latía demasiado rápido.
Demasiado fuerte.
El autobús tomó la curva que sacaba al pueblo de su vista.
Pero justo antes de perderlo por completo, Nina vio algo más.
Arturo levantó la cabeza.
Y aunque estaba lejos, muy lejos, ella sintió —no vio, sintió— que sus ojos se encontraron.
No eran los ojos de un hombre.
Eran los ojos de algo que había esperado demasiado tiempo.
Algo que la había elegido.
El autobús salió del pueblo.
La luz cambió.
El silencio volvió.
Pero la risa…
la risa siguió un rato más.
Como si viajara con ella.
Como si se hubiera sentado en el asiento vacío a su lado.
Como si el desierto no la dejara ir del todo.
Nina cerró los ojos.
No tuvo miedo.
Tuvo certeza.
Arturo no era Arturo.
Arturo era el Jergas.
Y ahora, de alguna manera, ella también formaba parte de su historia.


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