El Futuro de la Organización de las Naciones Unidas

 


Crónica de una institución que envejece en un mundo que se incendia

La Organización de las Naciones Unidas nació como un pacto moral después del horror. Hoy, en pleno 2026, ese pacto parece más un recuerdo que una realidad. El propio António Guterres lo dijo sin metáforas diplomáticas: la ONU enfrenta un “colapso financiero inminente”, una frase que en cualquier otra institución sería un escándalo, pero que aquí se recibe con la resignación de quien ya se acostumbró a vivir en ruinas.

La ONU no está muriendo: está siendo desmantelada.
Y lo más grave es que el desmantelamiento no es accidental. Es político.

1. El multilateralismo ya no existe: lo que queda es un bazar geoeconómico

El mundo ha transitado hacia un “multilateralismo de geometría variable”, una forma elegante de decir que cada Estado coopera solo cuando le conviene. La cooperación dejó de ser un principio y se convirtió en un accesorio.

La confrontación geoeconómica es hoy el principal riesgo global, por encima de guerras, clima o polarización. No porque los otros riesgos hayan disminuido, sino porque —como señala el informe— ahora están “condicionados por la competencia estratégica entre Estados”.

Es decir: el mundo arde, pero las potencias están ocupadas midiendo quién controla la manguera.

2. Estados Unidos: del arquitecto al demoledor

El golpe más simbólico y más devastador fue la salida de Estados Unidos de 66 organismos multilaterales en enero de 2026. No es solo un retiro: es una declaración de guerra al sistema que ellos mismos diseñaron. Este giro responde a la defensa de la “soberanía nacional” por encima de cualquier norma colectiva.

La traducción política es simple: América Primero, el resto después.

Y mientras se retiran, dejan una bomba de tiempo: el 95% de la deuda total por cuotas impagas. La ONU depende del actor que más la sabotea. Es como si el casero dejara de pagar la renta del edificio que él mismo administra.

3. La captura filantrópica: cuando la salud global se privatiza

La salida estadounidense de la OMS abrió un vacío que no tardó en llenarse. El documento lo llama “The Gates Effect”: la influencia desproporcionada de fundaciones privadas que, con chequera en mano, reorientan prioridades sanitarias globales.

La OMS, debilitada, se desplaza hacia un modelo donde la filantropía sustituye al Estado.
Y la filantropía, por definición, no rinde cuentas.

El documento lo advierte: esta tendencia “compromete la independencia de la OMS” y desplaza la atención hacia metas medibles que lucen bien en informes anuales, pero no necesariamente fortalecen sistemas de salud.

Es la lógica del KPI aplicada a la salud global.

4. El Consejo de Seguridad: un club de cinco que decide por 191

El Consejo de Seguridad es el corazón del sistema… y también su tumor.
Cinco países con poder de veto pueden bloquear cualquier reforma, cualquier resolución, cualquier intento de democratización.

Como señala Daniel Forti, los miembros permanentes son “reacios a acordar cualquier cambio que pueda diluir su influencia”.
No es que no puedan reformar el sistema: es que no quieren.

Mientras tanto, la Asamblea General —el único órgano realmente democrático— queda reducida a un foro de discursos que nadie escucha. El documento lo dice con elegancia: su valor es “institucionalizar la respuesta ante desafíos globales”.
Pero institucionalizar no es resolver.

La ONU habla.
El mundo sangra.
El Consejo veta.

5. La competencia institucional: las potencias ya están construyendo sus propias “ONU”

La aparición de mecanismos paralelos —como la “Junta de Paz de Trump”— revela algo más profundo: las potencias ya no buscan reformar la ONU, buscan reemplazarla por estructuras más dóciles, más verticales y menos universales.

Es el equivalente geopolítico de crear un club privado porque el gimnasio público ya no te gusta.

6. ¿Tiene futuro la ONU? Sí, pero no el que imaginamos

La ONU no va a desaparecer. Las instituciones internacionales no mueren: se fosilizan.
Se convierten en rituales, en escenografías, en lo que The West Wing llamaría “teatro político”.

Pero incluso los fósiles tienen utilidad.
Como señala Randall Stone, la ONU se vuelve más relevante cuando los riesgos globales se agravan. No porque los resuelva, sino porque obliga a los actores a permanecer en la misma mesa.

La ONU es el último lugar donde enemigos irreconciliables aún se ven a los ojos.

7. Desde el Sur Global: la urgencia de un nuevo pacto

El documento es contundente: el Sur Global representa casi el 50% del PIB mundial, pero su peso en la toma de decisiones sigue siendo marginal.
La arquitectura financiera y sanitaria global está diseñada para un mundo que ya no existe.

Y aquí está la tesis central:

El futuro de la ONU depende de su capacidad para redistribuir poder.
No recursos.
Poder.

Eso implica:

  • democratizar el Consejo de Seguridad
  • limitar o eliminar el veto
  • garantizar financiamiento estable y no condicionado
  • reducir la dependencia de filantropías privadas
  • fortalecer la Asamblea General
  • reconocer al Sur Global como actor, no como audiencia

Nada de esto ocurrirá sin conflicto.
Nada de esto ocurrirá sin presión política.
Nada de esto ocurrirá si seguimos tratando a la ONU como un templo.



La ONU se parece cada vez más a El Padrino III: una institución que intenta mantener la dignidad mientras el mundo que la rodea se desmorona. Pero a diferencia de Michael Corleone, la ONU no puede retirarse. No tiene viñedos en Sicilia donde esconderse.

El multilateralismo no es un lujo: es una necesidad de supervivencia colectiva.
Y si las potencias no quieren sostenerlo, entonces el Sur Global tendrá que hacerlo.

Porque el futuro no será multilateral por inercia.
Será multilateral por lucha.

Y si la ONU quiere seguir siendo relevante, tendrá que elegir:
¿ser el museo del orden que fue, o el laboratorio del orden que viene?


Analista político, económico y social… pero también opinólogo de confianza en sobremesas largas.
Librepensador profesional (sin prestaciones).
Melómano que canta en el coche como si ya tuviera Grammy.
Cinéfilo de criterio firme y antojo fácil.
Comidista de vocación y botana estratégica.
Lector empedernido que promete “solo un capítulo más” y miente.
Fan de la F1, de los Steelers y de los Blue Jays, aunque a veces ellos no cooperen.
Estudiante avanzado de la fenomenología del relajo, el tequila y la risa necesaria.
Animalista y actor en potencia, esperando el casting correcto o el remake equivocado.


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