LA NOVIA DE VILLA: ARCHIVO DE CARNE
I. La caja que no debía abrirse
El sótano del Archivo General olía a humedad antigua, a tinta seca, a polvo que llevaba décadas esperando ser respirado.
Nina bajó las escaleras con la familiar sensación de estar entrando en un templo.
No un templo luminoso, sino uno de esos que se construyen bajo tierra, donde los dioses no son figuras sino sombras.
La lámpara del pasillo parpadeó cuando pasó.
Siempre lo hacía con ella.
Como si reconociera su paso.
En la mesa del fondo, donde nunca había nada, encontró una caja gris sin número, sin fecha, sin registro.
Solo una frase escrita a mano, con tinta que parecía haber sido aplicada con prisa:
“Caso: La Novia. Confidencial.”
Nina sintió un tirón en el estómago.
La palabra novia le recordó un rumor de infancia, un cuento que su abuela contaba en voz baja, como si temiera que las paredes escucharan: La Pascualita, la novia del aparador en Chihuahua, la que tenía ojos de verdad.
Abrió la caja.
El aire cambió.
II. El expediente 47-B
Dentro había un legajo mecanografiado, fotografías en gelatina de plata, un sobre sellado con lacre rojo y un olor tenue a formol, como si el documento hubiera sido guardado junto a un cuerpo.
El expediente llevaba un título que la hizo sentarse de golpe:
“Informe sobre María Adelaida Villa. Clasificación: Alto Secreto.”
Nina leyó la primera página con el corazón latiendo lento, pesado, como si quisiera marcar un ritmo ritual.
“La joven conocida públicamente como La Pascualita no es un maniquí.
Es el cuerpo embalsamado de María Adelaida Villa, hija no reconocida del General Francisco Villa.”
Nina cerró los ojos.
La frase tenía la textura de una herida.
III. La hija secreta
El expediente narraba que María Adelaida nació en 1914, fruto de una relación entre Villa y una maestra de Chihuahua.
La niña fue criada lejos de los reflectores, pero siempre bajo vigilancia de hombres de la División del Norte.
A los 16 años, según el documento, fue reclutada —sin saberlo— en un complot político.
El nombre que aparecía una y otra vez era el de Álvaro Obregón.
Nina sintió un escalofrío.
La historia oficial nunca mencionaba nada parecido.
Pero la historia oficial siempre era una máscara.
IV. El complot
El informe describía una operación diseñada por Obregón para eliminar a Villa antes de que reorganizara fuerzas en el norte.
El plan era perverso:
- infiltrar a una joven cercana al general
- usarla como mensajera involuntaria
- culparla del asesinato para justificar una purga interna
Pero María Adelaida descubrió el plan.
Y descubrió también que ella misma era la carnada.
El expediente incluía una fotografía:
una joven de mirada intensa, vestida de blanco, con un velo ligero.
Era imposible no pensar en el maniquí del aparador.
V. El embalsamamiento
El documento relataba el encuentro final entre Villa y su hija en una hacienda cerca de Parral.
“El General no creyó en su inocencia.
Ordenó que el cuerpo de la joven fuera preservado.
‘Para que no la olviden’, dijo.”
El proceso de embalsamamiento fue descrito con precisión quirúrgica.
Un médico francés, contratado por la División del Norte, aplicó técnicas que no aparecían en ningún manual mexicano de la época.
La piel quedó tersa.
Los ojos, brillantes.
Las manos, perfectas.
Demasiado perfectas.
Nina sintió que algo en el expediente la observaba.
VI. El traslado al norte
Años después, con Villa muerto y Obregón en el poder, el cuerpo desapareció del inventario militar.
El expediente sugería que un funcionario local —temeroso de que el cadáver fuera destruido— lo entregó a una tienda de vestidos de novia en Chihuahua.
La tienda se llamaba La Popular.
Nina recordó el aparador.
Recordó los ojos.
Recordó el escalofrío.
VII. La desaparición del maniquí
Una semana después, Nina tomó un autobús rumbo a Chihuahua.
La ciudad la recibió con un viento seco, lleno de polvo y murmullos.
La Popular estaba abierta, pero el aparador estaba vacío.
La dueña, una mujer de cabello plateado, la miró con una mezcla de miedo y resignación.
—¿Buscas a la novia? —preguntó.
Nina asintió.
La mujer suspiró.
—Se la llevaron hace años. Nadie sabe quién. Nadie pregunta. Es mejor así.
Pero cuando Nina mencionó el nombre María Adelaida Villa, la mujer palideció.
—Ese nombre no se dice aquí —susurró—. No desde que vinieron los hombres del gobierno.
VIII. La aparición
Esa noche, en su hotel, Nina revisó el expediente una vez más.
Notó algo que antes había pasado por alto:
una marca de agua con el sello del Departamento de Inteligencia Militar.
Y debajo, casi invisible:
“Seguimiento activo.”
Alguien tocó la puerta.
Tres golpes secos.
Nina apagó la luz, tomó su mochila y salió por la ventana del baño.
Corrió por el callejón, escuchando pasos detrás de ella.
En la estación de tren, una mujer la esperaba.
Alta, delgada, con un vestido blanco antiguo.
Nina se detuvo.
La mujer tenía los mismos ojos que la joven de la fotografía.
—No tengas miedo —dijo la mujer—. No soy lo que crees.
—¿Eres…?
La mujer sonrió con tristeza.
—Soy lo que queda de ella. Lo que no pudieron destruir.
Y luego desapareció entre la multitud.
IX. El archivo vivo
De regreso en la Ciudad de México, Nina guardó el expediente en su escritorio.
Pero al día siguiente, el documento había cambiado.
Había páginas nuevas.
Fotografías que no estaban antes.
Una carta dirigida a ella.
“Nina, tú que ves lo que otros no ven:
el linaje no está muerto.”
Nina sintió que la ciudad respiraba distinto.
Como si algo antiguo hubiera despertado.
X. La persecución
Durante semanas, hombres sin rostro la siguieron.
Autos sin placas.
Sombras en los pasillos del Archivo.
Luces que parpadeaban cuando ella pasaba.
Nina sabía que el expediente era demasiado peligroso.
Pero también sabía que había sido elegido para ella.
Las mujeres de su linaje siempre habían sido guardianas de historias que no debían contarse.
XI. La revelación
Una noche, mientras revisaba el expediente, encontró una frase escrita con tinta fresca:
“El cuerpo no es la reliquia.
La memoria sí.”
Y entonces lo entendió.
La hija de Villa no había sido embalsamada para ser exhibida.
Había sido preservada para ser recordada.
Para que su historia no fuera borrada por los hombres que escriben la historia oficial.
Nina era la siguiente guardiana.
XII. La decisión
Podía destruir el expediente.
Podía esconderlo.
Podía entregarlo.
Pero eligió lo que siempre eligen las mujeres de su linaje:
contarlo.
No para el público.
No para la academia.
No para el Estado.
Sino para quienes saben leer entre sombras.
EPÍLOGO
El Archivo estaba vacío cuando Nina llegó.
La noche había convertido los pasillos en un río de sombras.
Sobre la mesa central, donde nunca había nada, descansaba una caja pequeña, envuelta en un velo amarillento.
No tenía número.
No tenía fecha.
No tenía dueño.
Nina la abrió con manos temblorosas.
Dentro había un velo antiguo, bordado con hilos que parecían moverse bajo la luz.
Y una nota escrita con tinta oscura, casi negra:
“Para Nina.
Gracias por escuchar.
El linaje no termina.”
El aire se volvió frío.
Las luces parpadearon.
Y por un instante, Nina sintió una mano sobre su hombro: ligera, femenina, imposible.
Cuando volteó, no había nadie.
Solo el velo, respirando.


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