Cuento: El Portal Bajo la Catedral
La Ciudad de México parecía normal.
Demasiado normal.
Nina caminaba por el Zócalo una tarde gris, intentando convencerse de que todo lo vivido en Real de Catorce había sido un paréntesis, un espejismo del desierto. Pero el aire tenía un peso extraño, como si la ciudad estuviera conteniendo algo.
Entró a la Catedral buscando refugio.
O quizá buscando silencio.
O quizá buscando una señal.
La luz filtrada por los vitrales caía en haces oblicuos, como si no quisiera tocar el suelo. El eco de los pasos ajenos se mezclaba con el suyo, pero había otro sonido, uno más profundo, uno que no venía de arriba.
Venía de abajo.
Un murmullo.
Un suspiro.
Un latido.
Nina se detuvo frente a una reja que daba a una zona restringida. El aire que salía de ahí era más frío, más húmedo, como si viniera de un lugar que no conocía el sol.
Entonces lo vio.
En la piedra, casi borrado por el tiempo, había un símbolo.
Un compás.
Una escuadra.
Y debajo, un círculo dividido en cuatro.
Simbología masónica.
Pero no la versión decorativa.
Era la versión arcaica, la que marcaba puntos de cruce, lugares donde el mundo visible se adelgaza.
Nina sintió un golpe en el pecho.
Ese símbolo…
lo había visto antes.
En una libreta vieja de su padre.
En un dibujo que él hacía una y otra vez, obsesivamente, cuando ella era niña.
Un dibujo que nunca entendió.
Un dibujo que él le prohibió tocar.
El murmullo subió desde el túnel.
Un murmullo que no era viento.
Un murmullo que parecía pronunciar su nombre.
—Nina…
Ella retrocedió de golpe.
El corazón le latía en la garganta.
No podía ser.
No aquí.
No tan lejos del desierto.
Pero la voz volvió, más clara, más cercana, como si subiera por un túnel que conectaba mundos.
—Nina…
Y entonces, desde la oscuridad, algo se movió.
Una sombra encorvada.
Una silueta que no debería estar ahí.
Un cuerpo que parecía arrastrar un peso invisible.
Nina sintió que el aire se congelaba.
La sombra levantó la cabeza.
Y aunque no tenía rostro definido, ella supo quién era.
Arturo.
O lo que quedaba de él.
O lo que siempre había sido.
El Jergas.
La Catedral entera pareció contener la respiración.
Las velas temblaron.
El órgano emitió un gemido mínimo, como si exhalara.
La sombra dio un paso hacia la reja.
El eco retumbó en el pecho de Nina.
Ella retrocedió, pero no pudo apartar la mirada.
Los túneles bajo la Catedral no llevaban a criptas.
Ni a cámaras coloniales.
Ni a restos prehispánicos.
Llevaban abajo.
A lo mismo que respiraba bajo Real de Catorce.
A lo que había tomado a Arturo.
A lo que ahora la estaba llamando a ella.
La sombra extendió una mano.
Una mano larga, imposible, hecha de oscuridad y polvo.
—Nina…
Ya sabes el camino.
El símbolo masónico brilló apenas, como si respondiera a su presencia.
Como si la reconociera.
Y entonces lo vio.
Un destello.
Un brillo mínimo en la piedra junto al símbolo.
Se agachó.
Acercó la mano.
Y encontró un pequeño rectángulo de cuero, ennegrecido por el tiempo, incrustado entre dos bloques de cantera.
Como si hubiera estado esperando.
Lo abrió.
Era un mapa.
Pero no un mapa común.
El papel era grueso, casi pergamino.
Las líneas estaban trazadas con tinta oscura, y en las esquinas había símbolos masónicos:
el compás, la escuadra, el ojo radiante, el círculo dividido en cuatro.
Pero lo que la dejó sin aliento fue el dibujo central.
Un sistema de túneles.
Ramificaciones.
Cámaras.
Descensos.
Y en el centro, marcado con tinta roja:
Mictlan‑Tlatzintli
Entrada menor al inframundo.
Nina sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
Ese punto no estaba en Real de Catorce.
Estaba debajo de la Catedral.
Justo donde ella estaba parada.
El mapa tembló.
Las líneas se movieron.
Se expandieron.
Y entonces apareció un segundo punto.
Marcado con la misma tinta roja.
Real de Catorce.
Dos portales.
Dos respiraciones del mismo inframundo.
Su padre no había estado obsesionado con un dibujo.
Había estado vigilando.
Había estado advirtiendo.
Había estado huyendo.
La sombra detrás de la reja habló:
—Tu padre escuchó la risa antes que tú.
—Y supo que algún día te llamaría a ti.
Nina apretó el mapa.
El pergamino ardía como si tuviera fuego dentro.
—¿Por qué yo? —susurró.
El símbolo masónico brilló con un pulso lento, como un corazón antiguo.
—Porque tú naciste entre portales —respondió la sombra.
—Porque tu padre cruzó… y regresó.
—Y lo que regresa siempre deja algo atrás.
Un recuerdo se abrió dentro de ella:
Su padre bajando por un túnel.
Su padre temblando frente a una figura encorvada.
Su padre huyendo mientras una risa profunda lo perseguía.
El mapa se iluminó.
Y se abrió.
Literalmente.
Como si fuera una puerta de papel.
Un resplandor oscuro salió de él, un aire frío que olía a tierra húmeda, a piedra antigua, a desierto.
La sombra extendió la mano.
—Nina…
El portal te reconoce.
El mapa vibró.
El túnel exhaló.
La Catedral entera pareció inclinarse hacia abajo.
Y Nina entendió:
No estaba frente a un portal.
Ella era el portal.
La herencia.
La llave.
La deuda.
La risa llenó la nave de la Catedral.
No era amenaza.
Era bienvenida.
Nina cerró los ojos.
El portal la llamó por su nombre.
Y por primera vez, no supo si quería huir…
o bajar.


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