Diosas Desnudas
La hipocresía respira en tu nuca
como un amante que no sabe tocarte,
como un dios torpe que exige adoración
sin haber creado nada más que su propio reflejo.
La siento deslizarse por la ciudad,
entre piernas cruzadas y sonrisas de catálogo,
entre discursos que huelen a incienso barato
y promesas que se derriten como cera sobre la piel.
El narcisismo, en cambio,
es un orgasmo sin testigos,
una masturbación del alma frente al espejo,
una plegaria dirigida a uno mismo
con la fe ciega de los fanáticos.
Lo he visto en los cuerpos que se ofrecen
solo para ser admirados,
no tocados,
no amados,
solo consumidos como un espectáculo privado.
Y sin embargo, aquí estoy,
desnudo de certezas,
vestido apenas con mis contradicciones,
preguntándome por qué el mundo
se excita con la mentira bien contada
y se asusta ante la verdad que gime sin permiso.
He amado cuerpos que eran templos,
y cuerpos que eran ruinas,
y cuerpos que eran espejos rotos
donde mi rostro se multiplicaba
en versiones que no quería reconocer.
He besado labios que prometían eternidad
y solo daban saliva,
he tocado pieles que ardían
como si el universo se contrajera
en un punto exacto entre sus muslos.
La hipocresía se acuesta contigo
cuando dices “te deseo”
pero piensas en tu propia soledad,
cuando abres las piernas
pero cierras el alma,
cuando finges gemidos
para no enfrentar el silencio.
El narcisismo te abraza
cuando buscas ser amado
solo para confirmar que existes,
cuando usas el cuerpo del otro
como un altar improvisado
para tu ego hambriento,
cuando confundes placer
con validación.
Y aun así,
hay noches en que la piel
se vuelve filosofía pura,
en que el sudor es un manifiesto,
en que los cuerpos se entienden
mejor que las palabras,
en que la carne dice la verdad
que la boca no se atreve a pronunciar.
Porque el deseo no miente,
solo arde.
Y en ese incendio
se derriten las máscaras,
se caen los discursos,
se desmoronan los templos.
He visto la hipocresía llorar
después de un orgasmo,
he visto al narcisismo temblar
cuando alguien lo mira de verdad,
sin filtros,
sin maquillaje,
sin miedo.
Y yo,
que soy un animal existencialista,
que pienso mientras beso,
que dudo mientras toco,
que filosofeo mientras gimo,
me pregunto si acaso el amor
no es más que una batalla
entre lo que fingimos ser
y lo que realmente deseamos.
Quisiera arrancarte la máscara
con los dientes,
lamer la verdad que escondes
entre las piernas,
morder la mentira que te protege,
penetrar tu conciencia
hasta que grites tu nombre real,
ese que no usas en público,
ese que solo existe
cuando te desnudas sin miedo.
Quisiera que el mundo
dejara de adorarse a sí mismo
y empezara a tocarse de verdad,
sin hipocresía,
sin narcisismo,
sin miedo a la vulnerabilidad
que se escurre entre los dedos
como un orgasmo que no se puede fingir.
Seguiré aquí,
sin lugar, singular, plural,
buscando cuerpos que piensen
y mentes que ardan,
buscando la verdad en la piel
y la piel en la verdad,
buscando el único milagro posible:
que alguien me ame
sin mentirse a sí mismo.
Analista político, económico y social… pero también opinólogo de
confianza en sobremesas largas.
Librepensador profesional (sin prestaciones).
Melómano que canta en el coche como si ya tuviera Grammy.
Cinéfilo de criterio firme y antojo fácil.
Comidista de vocación y botana estratégica.
Lector empedernido que promete “solo un capítulo más” y miente.
Fan de la F1, de los Steelers y de los Blue Jays, aunque a veces ellos
no cooperen.
Estudiante avanzado de la fenomenología del relajo, el tequila y la risa
necesaria.
Animalista y actor en potencia, esperando el casting correcto o el
remake equivocado.


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