1994: El Mapa de las Sombras

Aviso creativo

Esta es una obra de ficción que mezcla realismo mágico, memoria histórica y simbolismo esotérico. Cualquier parecido con hechos o personas reales es intencionalmente difuso; la narración se mueve en el terreno de lo posible y lo mítico para explorar dilemas éticos y existenciales.


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I Herencia y archivo

Nina tenía la piel como un mapa antiguo: líneas que no eran arrugas sino rutas de una geografía heredada. De niña, su abuela le había enseñado a leer los signos en la corteza de los árboles y a escuchar el rumor de los ríos como si fueran voces de antepasadas. Decían en la familia que venía de una estirpe de magas aztecas; decían también que la sangre no se hereda, se recuerda. Nina, historiadora por oficio y por devoción, había aprendido a conjugar ambas cosas: la memoria que se escribe en tinta y la memoria que se canta en sueños.

Trabajaba en el Archivo General, en una sala donde el polvo tenía la paciencia de los siglos y las lámparas colgaban como lunas pequeñas. Allí, entre legajos con sellos que olían a aceite y a tiempo, Nina se movía con la precisión de quien conoce los rituales del silencio. Su vida afectiva era un jardín de puertas abiertas: amores que entraban y salían con la misma libertad con la que ella ofrecía su cama y su pensamiento. Era bisexual, poliamorosa, feminista; su cuerpo y su deseo eran mapas que no pedían permiso. Practicaba rituales wicca en noches de luna nueva, y en su biblioteca había libros de historia, tratados de masonería y discos de rock progresivo que sonaban como oráculos.

Una noche de lluvia, cuando la ciudad parecía un animal que se lamía las heridas, Nina encontró una caja sin número. Estaba escondida detrás de un faldón de expedientes, como si alguien la hubiera querido olvidar. El sello era oficial: un emblema que mezclaba la solemnidad del Estado con la geometría fría de la logia. Dentro, un documento con letra mecanografiada y una rúbrica que no pertenecía a ningún nombre que ella reconociera. El encabezado decía, con la frialdad de la burocracia: Acta de Reconocimiento de Autoría Intelectual. El año consignado era 1994.

Nina sintió que el aire se le volvía más denso, como si la sala se hubiera llenado de humo de copal. No era la primera vez que la historia le ofrecía un secreto; pero sí la primera vez que la historia parecía mirarla a los ojos y pedirle algo. Leyó el documento con la calma de quien sabe que las palabras pueden ser armas o bálsamos. Allí, en términos administrativos y con una precisión escalofriante, se reconocía la autoría intelectual de un presidente en el magnicidio más importante de la historia reciente del país.

No había nombres propios que pudieran señalar a una persona real con claridad; el texto hablaba de "la máxima autoridad del Ejecutivo" y de "decisiones estratégicas de Estado". Era un lenguaje que protegía y que, a la vez, delataba. Nina cerró los ojos y, por un instante, vio la ciudad como una mesa de ajedrez donde las piezas se movían con manos invisibles.

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II El documento

La primera lectura fue un golpe. La segunda, una ceremonia. Nina hizo copias en su mente y en su cuaderno; trazó líneas, subrayó, dejó notas en los márgenes con tinta negra. El documento no era una confesión melodramática: era una pieza administrativa que, por su propia naturaleza, tenía la fuerza de lo irrefutable. Sellos, firmas, códigos. Un anexo técnico describía operaciones de desinformación, maniobras económicas y la manipulación de actores políticos. Había, además, una nota manuscrita en tinta azul, casi ilegible, que decía: "Por la estabilidad del país. Por la continuidad."

Esa frase le sonó a conjuro. Nina la repitió en voz baja, como si pronunciándola pudiera invocar a las voces que la habían escrito. En su casa, la amante que dormía a su lado se despertó con el murmullo y la miró con ojos de madrugada. Nina le contó a medias; no podía decirlo todo. La amante, profesora de literatura, le tomó la mano y le dijo: "Si lo publicas, el mundo se romperá. Si lo ocultas, vivirás con una mentira que te comerá por dentro." Nina pensó en la palabra mundo y en la palabra mentira como si fueran dos animales que se disputaran su garganta.

Comenzó a investigar. Las noches se le llenaron de archivos, entrevistas y cafés. Habló con un viejo masón que conocía los sellos y las sombras de los documentos oficiales; con un periodista que había sobrevivido a amenazas y que veía en la verdad una forma de redención; con una economista que le explicó, con cifras y con voz fría, cómo una revelación de esa magnitud podía desatar una crisis financiera. Cada conversación era una pieza más en un rompecabezas que no quería armarse del todo.

En sus sueños, las magas de su linaje le mostraban escenas fragmentadas: una plaza con banderas que ardían en cámara lenta; un hombre con la cara cubierta que hablaba en un idioma que ella no entendía; una balada de guitarra eléctrica que se mezclaba con cantos prehispánicos. Al despertar, Nina anotaba las imágenes como si fueran pistas. La historia, pensó, no es solo lo que se escribe; es también lo que se sueña y lo que se calla.

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III Ecos del pasado

1994 era una palabra que resonaba en la ciudad como un eco que no se apaga. Nina revisó periódicos, escuchó testimonios, leyó memorias. Encontró coincidencias, silencios, huecos. La memoria colectiva tenía cicatrices que no cerraban: familias que aún esperaban respuestas, políticos que cambiaban de traje y de discurso, economistas que hablaban de estabilidad como si fuera una religión.

Su abuela le contó una historia que no había querido contar antes: una noche, años atrás, un hombre había visitado la casa con un sobre sellado. "No lo abras", le dijo la abuela a Nina cuando era niña. "Hay cosas que son como semillas: si las plantas en el lugar equivocado, crecen monstruos." Nina ahora entendía la advertencia como una metáfora y como una amenaza. La semilla que había encontrado en el archivo era, quizá, una de esas semillas.

Mientras más indagaba, más se daba cuenta de que la verdad no era una línea recta sino un tejido de hilos que se cruzaban: intereses económicos, alianzas internacionales, logias que se movían entre la sombra y la luz. El viejo masón le confesó, con la voz de quien ha visto demasiadas puertas cerrarse, que la simbología que aparecía en el documento no era solo retórica: era un lenguaje de poder. "Los símbolos no mienten", le dijo. "Pero sí pueden ser usados para mentir."

Nina comenzó a sentir que su propia identidad era un espejo donde se reflejaban todas esas contradicciones. Era historiadora y maga; era amante y testigo; era mujer en un mundo que aún medía su valor en términos de obediencia. Su feminismo no era solo una bandera pública: era una brújula íntima que le decía que la verdad debía servir a la vida, no a la venganza. Pero la vida, pensó, también necesita justicia.

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IV La ciudad y el poder

La ciudad era un organismo que respiraba desigualdad. Sus calles tenían nombres de héroes y de traidores; sus plazas, estatuas que miraban al vacío. Nina caminaba por la ciudad con la sensación de que cada esquina guardaba una historia que no quería ser contada. En un café, el periodista le mostró un expediente con recortes de prensa y fotografías. "Si esto sale", dijo, "no habrá marcha atrás." La economista le envió gráficos que parecían mapas de un naufragio: bolsas que caerían, inversiones que huirían, empleos que se perderían.

El mentor masón, por su parte, le ofreció una visión distinta: "La estabilidad no es un valor absoluto", le dijo en voz baja, mientras encendía un cigarro con la parsimonia de quien enciende un ritual. "A veces, lo que llamamos estabilidad es la continuidad de estructuras que oprimen. ¿Qué es más peligroso: la verdad que libera o la mentira que perpetúa el daño?" Sus palabras eran una daga envuelta en terciopelo.

Nina pensó en las familias que podrían sufrir si la economía se desplomara; pensó en los niños que perderían escuelas, en las abuelas que perderían pensiones. Pensó también en las familias de las víctimas del magnicidio, que habían vivido décadas con la herida abierta. ¿A quién debía lealtad una historiadora: a la verdad o a la vida que depende de esa verdad? La pregunta le quemaba como un hierro.

En su vida íntima, las cosas no eran más sencillas. Sus amantes discutían con pasión y ternura; algunos le pedían que publicara, otros le suplicaban que protegiera la estabilidad. Sus relaciones eran un laboratorio de ética: el poliamor le había enseñado que la transparencia puede ser liberadora, pero también que la honestidad puede herir. Nina se encontró a sí misma en el centro de una red de afectos que la miraban con expectación y miedo.

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V Debate interior

Las noches de Nina se convirtieron en un tribunal privado. Escribía en su diario con la urgencia de quien intenta salvarse de una tormenta. Sus entradas eran fragmentos de filosofía y de deseo: reflexiones sobre el placer como ética, sobre la responsabilidad como acto de amor, sobre la libertad como riesgo. Recordaba a los filósofos que había leído, a los poetas que le habían enseñado a nombrar el mundo, y a las músicas que le habían marcado el pulso: guitarras que eran cuchillos y voces que eran plegarias.

En una entrada escribió: "La verdad es un cuerpo que puede ser amado o crucificado. ¿Tengo derecho a exponerlo si su exposición mata a inocentes? ¿Tengo derecho a callarlo si su silencio perpetúa la impunidad?" Sus palabras no buscaban consuelo; buscaban claridad. La claridad, sin embargo, no llegaba.

Tuvo una visión en la que la ciudad se transformaba en un templo: columnas de concreto se volvían árboles, y en la cima de cada árbol había una figura que sostenía una balanza. En una de las ramas, su abuela tejía con hilos de luz; en otra, el viejo masón tallaba símbolos en la corteza. Nina se vio a sí misma en el centro, con el documento en las manos, y sintió que la decisión era menos un acto jurídico que un rito.

Habló con su amante académica, que le dijo: "La verdad es un derecho colectivo. No es tuya para guardarla." El periodista, por su parte, le ofreció una salida: publicar en un medio extranjero, con copias cifradas que se difundirían como semillas. La economista le advirtió que la reacción sería inmediata y brutal. El mentor masón le recordó que las logias protegen sus secretos y que la lealtad a la institución puede ser una forma de supervivencia.

Nina pensó en la filosofía del placer que tanto la había formado: el placer como ética de la vida, no como hedonismo vacío. ¿Podía el placer convivir con la responsabilidad? ¿Podía amar y, al mismo tiempo, ser justa? Sus pensamientos se enredaban como hiedra en una pared antigua.

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VI La decisión y la duda

Llegó la madrugada en que Nina decidió actuar. No fue un acto de heroísmo ni de cobardía: fue un gesto íntimo, casi ritual. Tomó el documento, lo leyó una vez más, y lo colocó sobre la mesa. Encendió un incienso que olía a mirra y a tierra mojada. Escribió una nota breve en su cuaderno: "Para quien encuentre la verdad y la quiera con cuidado." Hizo una copia digital cifrada y la guardó en una memoria que nadie conocía. Luego, con la calma de quien sabe que los ritos requieren precisión, dobló el original y lo colocó en un sobre.

Lo que hizo después no lo contó a nadie. Algunos dirían que lo envió a un periodista extranjero; otros, que lo dejó en manos de una logia que lo enterró de nuevo. Hubo quienes afirmaron que Nina quemó el documento en la chimenea de su casa, y que las cenizas se mezclaron con las hojas de su diario. Otros juraron que la copia digital apareció en la red como un rumor que no llegó a ser noticia. La ciudad, como siempre, siguió respirando con su mezcla de indiferencia y memoria.

La última escena que se recuerda de Nina es ambigua: se la vio caminando por una plaza, con la lluvia pegada al cabello, y una sonrisa que no era ni de triunfo ni de derrota. En su mano llevaba una pequeña piedra con un símbolo masónico grabado; en su bolsillo, una flor seca que su abuela le había dado. Miró al cielo y, por un instante, pareció escuchar una música que nadie más oía: una mezcla de guitarra eléctrica, canto prehispánico y una voz que recordaba a Dolores O'Riordan, como si la ciudad entera fuera un coro que no terminaba de decidir su tono.

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Epílogo simbólico

En la última página del cuaderno de Nina, entre anotaciones sobre rituales y listas de discos, hay un dibujo: un triángulo inscrito en un círculo, y dentro, una pequeña figura que parece una mujer con los brazos abiertos. Debajo, una frase en tinta azul: "La verdad es un espejo que se rompe en mil manos; cada mano recompone su propio rostro." La frase no resuelve nada. Solo invita a mirar.


SOBRE EL AUTOR

Analista político, económico y social… pero también opinólogo de confianza en sobremesas largas.
Librepensador profesional (sin prestaciones).
Melómano que canta en el coche como si ya tuviera Grammy.
Cinéfilo de criterio firme y antojo fácil.
Comidista de vocación y botana estratégica.
Lector empedernido que promete “solo un capítulo más” y miente.
Fan de la F1, de los Steelers y de los Blue Jays, aunque a veces ellos no cooperen.
Estudiante avanzado de la fenomenología del relajo, el tequila y la risa necesaria.
Animalista y actor en potencia, esperando el casting correcto o el remake equivocado.


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