El Infantilismo de la Geometría Política
La política moderna vive aferrada a un juguete roto. Desde hace más de dos siglos, seguimos trazando líneas, ejes y cuadrantes como si el mundo fuera un cuaderno de primaria. La geometría política no es una herramienta: es un síntoma. Un síntoma de miedo a la complejidad, de nostalgia por un orden que nunca existió, de incapacidad para pensar sin dibujar.
El origen de esta obsesión es casi cómico. En la Revolución Francesa, los Jacobinos y los Girondinos se sentaron en lados opuestos del salón, y ese gesto —tan trivial como elegir dónde ponerse en una mesa de boda— se convirtió en la matriz conceptual de dos siglos de pensamiento político. La izquierda y la derecha nacieron de un acomodo de sillas. No de un tratado filosófico, no de una teoría profunda: de un plano de asamblea. Y desde entonces, actuamos como si ese mapa improvisado fuera una brújula eterna.
La geometría política es un fósil que seguimos venerando. La izquierda y la derecha son categorías decimonónicas que sobreviven por inercia, como supersticiones que nadie se atreve a tirar a la basura. Pero la política nunca ha sido pura. Ningún sistema lo es. Las ideologías reales son mezclas, injertos, contradicciones vivas. Sin embargo, seguimos fingiendo que existen esencias, que hay doctrinas “auténticas”, que la pureza es posible. Es un pensamiento infantil, casi religioso.
En este teatro conceptual aparece Norberto Bobbio, intentando rescatar el eje izquierda–derecha con un argumento que suena elegante pero huele a naftalina: la diferencia entre ambas sería la actitud frente a la igualdad. Es una idea bonita, pero profundamente insuficiente. Bobbio quiere salvar el mapa aun cuando el territorio ya no se parece en nada a él. Su brújula apunta hacia un norte que ya no existe. Su distinción es un acto de fe, no de análisis.
La realidad es más brutal:
- movimientos que se proclaman igualitarios han producido desigualdades nuevas;
- proyectos que se dicen defensores de la libertad han recurrido a prácticas coercitivas;
- gobiernos que se autoubican en la derecha han impulsado políticas redistributivas;
- gobiernos que se autoubican en la izquierda han abrazado la disciplina fiscal o la desregulación selectiva.
La geometría política no describe nada: maquilla contradicciones. Es un lenguaje que sirve para no pensar. Para no ver. Para no asumir que la política es un campo de tensiones múltiples, no un eje moral.
Y lo peor: la geometría no sólo clasifica sistemas, clasifica personas. El ciudadano contemporáneo vive atrapado en un cuadrante, vigilándose a sí mismo para no desviarse del trazo que eligió o que le asignaron. La pregunta “¿eres de izquierda o de derecha?” funciona como un examen de obediencia. No busca comprender: busca ubicar. Busca reducir. Busca domesticar.
La geometría política convierte a la ciudadanía en figuras planas. En puntos. En flechas. En coordenadas. Es una forma de infantilización ideológica: si te sales de la línea, te regañan; si mezclas colores, te acusan de incoherencia. La política se vuelve un libro para colorear donde la complejidad está prohibida.
Pero la política real no es un plano: es un ecosistema. Un territorio vivo donde conviven tensiones, mutaciones, simbiosis, depredaciones. Las ideologías no son puntos fijos: son organismos que cambian, absorben, se contaminan. La pureza ideológica es tan improbable como un bosque compuesto por una sola especie. La geometría no puede capturar ese movimiento. No puede capturar la contradicción, la ambigüedad, la mezcla. No puede capturar la vida.
La geometría política es un refugio para quienes temen pensar sin reglas. Para quienes necesitan que el mundo tenga lados, direcciones, polos. Para quienes prefieren la comodidad del trazo recto a la incomodidad del pensamiento complejo. Pero esa comodidad tiene un precio: nos vuelve ciegos.
Romper la regla —literal y metafóricamente— es un acto de madurez política. Es aceptar que el mundo no cabe en dos direcciones. Que las ideologías no son esencias. Que las personas no son puntos. Que la política no es un plano, sino un clima. Un tejido. Un territorio vivo.
Abandonar la geometría política no es caer en el caos: es dejar de fingir que el caos puede dibujarse con una línea recta. Es reconocer que la complejidad no es un problema, sino una condición. Es dejar atrás el infantilismo conceptual que nos mantiene atrapados en categorías que ya no explican nada.
La política madura no necesita ejes.
Necesita ojos abiertos.
Y valor para mirar sin la comodidad infantil de las figuras geométricas.


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