Centro de Experiencias Migratorias Premium
El Instituto Nacional de Migración lleva años demostrando que, cuando se trata de ineficiencia, desorden y falta de profesionalismo, la creatividad no tiene límites. Procesos lentos, filas interminables, criterios cambiantes, oficinas que parecen diseñadas para confundir más que para orientar, y una atención que oscila entre la desinformación y la ausencia total. Un verdadero laboratorio de cómo no debe funcionar una institución pública.
Porque claro, si un trámite tarda meses, si nadie responde, si los sistemas fallan y si la experiencia del usuario es un vía crucis burocrático… lo lógico es ponerle un título nuevo, más moderno, más aspiracional. Total, si la realidad no mejora, al menos que el logotipo se vea bonito.
Es la clásica receta:
- ¿Hay problemas estructurales?
- ¿Faltan procesos claros?
- ¿No hay profesionalización suficiente?
- ¿La atención es deficiente?
Perfecto, entonces píntale la fachada y declara victoria.
El cambio de nombre funciona como una especie de amuleto institucional: no resuelve nada, pero da la sensación de que algo pasó. Es como si un restaurante con comida terrible decidiera llamarse “Gourmet Deluxe” esperando que, por arte de magia, el menú deje de intoxicar.
Mientras no haya transformación real —procesos claros, personal capacitado, sistemas funcionales, transparencia y trato digno—, el nombre es lo de menos. Puedes llamarlo INM, Instituto de Movilidad Humana, Agencia Nacional de Migración o “Centro de Experiencias Migratorias Premium”. El resultado será el mismo si el fondo no cambia.
Al final, lo único que sí mejora con el cambio de nombre es la papelería oficial. Y quizá el contrato de quien diseñó el nuevo logotipo.


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