Cuento: los Trece Portales
Nina pasó semanas sin dormir bien.
El mapa masón que había encontrado en la Catedral no era un simple documento antiguo: era un organismo.
Cada noche, las líneas parecían moverse un milímetro más, como si los túneles respiraran.
Como si la estuvieran guiando.
Y ella seguía.
Porque no sabía hacer otra cosa.
Su investigación la llevó a archivos coloniales, códices fragmentados, diarios de exploradores, cartas de masones del siglo XIX, y testimonios indígenas que hablaban de “puertas que no deben abrirse”.
Todo apuntaba a lo mismo:
No había dos portales.
Había trece.
Trece puntos donde el mundo se adelgaza.
Trece respiraciones del inframundo.
Trece heridas abiertas en la tierra.
El mapa, ahora completamente desplegado, mostraba los lugares con tinta roja que parecía fresca:
- Real de Catorce — la mina donde Arturo dejó de ser Arturo.
- Catedral Metropolitana — el portal bajo la piedra que respira.
- Chihuahua capital — un punto marcado sobre el Palacio de Gobierno, donde los túneles subterráneos coloniales se cruzan con rutas más antiguas.
- Isla de Janitzio — donde las ofrendas flotan sobre un espejo que no refleja bien.
- Monte Albán — una plataforma que vibra cuando nadie la pisa.
- Tepoztlán — el cerro partido, como si algo hubiera querido salir.
- El Sótano de las Golondrinas — demasiado profundo para ser natural.
- La Quemada — ruinas que parecen haber sido quemadas desde adentro.
- Chichén Itzá — el cenote sagrado que nunca dejó de tragar.
- El Cerro del Quemado — donde los peregrinos sienten que alguien los observa.
- La Rumorosa — vientos que hablan en lenguas que nadie reconoce.
- El Nevado de Toluca — dos lagunas que guardan más que agua.
- Un punto sin nombre — en el norte, cerca de la frontera, marcado solo con un símbolo: un círculo negro.
Ese último punto hacía que el mapa temblara.
La ruptura
Mientras Nina se hundía en la investigación, su vida personal se desmoronaba en silencio.
Su novia, Clara, intentó entenderla.
Intentó acompañarla.
Intentó no sentir que Nina estaba en otra parte incluso cuando estaba a su lado.
Pero había noches en que Nina despertaba sobresaltada, con la risa del Jergas en los huesos.
Había días en que desaparecía horas enteras en archivos, túneles, bibliotecas.
Había momentos en que miraba a Clara y veía… otra cosa.
Una sombra detrás.
Un eco.
Clara lo notó.
No preguntó.
Solo se alejó un poco cada día.
La ruptura no fue una pelea.
Fue un susurro.
Clara dejó una llave sobre la mesa.
Nina dejó un silencio sobre la puerta.
Y ambas entendieron que había amores que no podían competir con lo que la tierra reclamaba.
Nina no lloró.
No podía.
El mapa no la dejaba.
El descubrimiento
Una madrugada, mientras revisaba el mapa bajo la luz tenue de una lámpara, algo cambió.
Las líneas se movieron.
Los trece puntos brillaron.
Y el centro del mapa —un espacio vacío hasta entonces— se abrió como un párpado.
Apareció un símbolo.
Uno que Nina había visto solo una vez en su vida:
En el anillo que su padre nunca se quitaba.
En el cuaderno que él quemó antes de morir.
En la pesadilla que Nina tenía de niña, donde una figura encorvada la llamaba desde un túnel.
El símbolo era simple:
un triángulo dentro de un círculo, atravesado por una línea vertical.
El mapa vibró.
La tinta se agitó.
Y una frase apareció, escrita en una lengua que Nina no conocía… pero entendió.
“El decimotercer portal no se encuentra.
Se hereda.”
Nina sintió que el aire se congelaba.
El mapa tembló.
La habitación se oscureció.
Y desde algún lugar —no sabía si de la Catedral, de Real de Catorce, o de dentro de ella misma— escuchó la risa.
Esa risa.
La risa que había marcado su destino.
Y entonces lo supo.
El secreto más terrible no era la existencia de los trece portales.
Ni su conexión.
Ni el inframundo.
Era algo más profundo.
Más íntimo.
Más imposible.
Algo que tenía que ver con su padre.
Con Arturo.
Con ella.
Algo que cambiaría todo.
Pero el mapa se cerró de golpe.
La luz se apagó.
Y el secreto quedó suspendido, respirando en la oscuridad.


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