🎬Cine: En el camino (2025) - El asfalto, la sangre y la ternura radical


1. Cuerpos Exprimidos: El Capital y la Hipermasculinidad en el Asfalto

La película nos sumerge sin concesiones en el ecosistema nocturno de las carreteras del norte de México y las llamadas "cachimbas" (los espacios de descanso y tránsito para los camioneros). Desde los primeros minutos, queda claro que este es un universo construido sobre la hipermasculinidad, la discriminación y el machismo sistémico. A través de una visión marxista y feminista, el filme expone cómo el sistema capitalista devora a la clase trabajadora: Muñeco (Osvaldo Sánchez) es un conductor solitario que, para soportar las extenuantes y deshumanizantes jornadas laborales, se ve empujado al alcoholismo y la drogadicción. Su cuerpo no le pertenece; es una herramienta de producción que el capital exprime hasta obligarlo a anestesiarse para seguir funcionando.

​Por su parte, Veneno (Víctor Prieto) representa la otra cara de esta precarización extrema: es un joven trabajador sexual que sobrevive intercambiando favores en paraderos desolados y perdidos. Su cuerpo, arrojado a los márgenes sociales, ilustra perfectamente cómo el Estado y la sociedad heteropatriarcal mercantilizan y desechan a quienes no encajan en la norma hegemónica. Ambos personajes son víctimas de una maquinaria de producción y consumo que tritura sus cuerpos de diferentes maneras, uniéndolos desde la herida compartida de la explotación.

2. Ternura Radical: El Romance Disidente Frente a la Hostilidad Sistémica

Ganadora del histórico León Queer en el Festival de Venecia, esta obra asume una postura valiente: es "descaradamente queer" y no pide disculpas ni permiso por serlo. En una industria cinematográfica que a menudo mercantiliza las identidades LGBTT+ para audiencias conservadoras, David Pablos esquiva hábilmente el queerbaiting regalándonos un romance improbable, sucio y visceral. No hay adornos románticos hollywoodenses, sino una atracción cruda forjada en los rincones más oscuros de la marginalidad.

​Lo verdaderamente transgresor de la cinta no es únicamente mostrar la intimidad sexual entre dos hombres dentro de un entorno profundamente homofóbico y violento, sino la vulnerabilidad y la ternura que logra florecer en medio de esa hostilidad. El filme se erige como un grito urgente por los derechos humanos porque humaniza a identidades que estadísticamente están expuestas a la violencia sistémica y al exterminio. Nos recuerda, a través de caricias torpes manchadas de aceite de motor, que el derecho a amar, al cuidado mutuo y a existir sin ser cazados es, y siempre será, innegociable.

3. Refugio Nómada: Supervivencia y Autonomía al Margen del Estado

La carretera en la película no es solo un espacio de tránsito, sino una zona libre de Estado; un territorio donde no hay instituciones que protejan, imperando únicamente las reglas del asfalto. Veneno y Muñeco, desamparados por el sistema, forman una alianza de supervivencia táctica que los lleva a vender drogas durante su trayecto conjunto. Desde una óptica anarquista, resulta inútil y moralino juzgarlos bajo los estándares de la moralidad burguesa o las leyes de un Estado fallido: su actuar es un motín puro y directo contra un sistema que, de entrada, ya los había desechado para morir.

​Al apropiarse del tráfico ilegal, los protagonistas toman el control absoluto de sus propios medios de subsistencia. La cabina del tráiler deja de ser una herramienta de explotación laboral capitalista para transformarse en su propio refugio nómada y soberano. En ese espacio diminuto y en movimiento, desafían las convenciones sociales, legales y de propiedad, construyendo una micro-sociedad autónoma donde ellos dictan sus propias reglas por cada kilómetro recorrido.

4. El Vacío de Ciudad Juárez: Absurdo y Libertad en el Desierto

Geográficamente, la película utiliza el desierto y las fronteras de Ciudad Juárez como un poderoso espejo del vacío existencial humano. Los horizontes áridos y la inmensidad del paisaje reflejan la pequeñez de los protagonistas, quienes han sido arrojados sin pedirlo a un mundo violento, fundamentalmente indiferente e inherentemente absurdo. La muerte parece rondarlos constantemente, como un fantasma que viaja de copiloto, recordándoles la fragilidad de su propia existencia.

​Sin embargo, frente a esta soledad aplastante y al peso de sus traumas individuales, el encuentro de los protagonistas se convierte en un profundo ejercicio de libertad radical sartreana. Ante un universo sin Dios y sin sentido predeterminado, ellos asumen la agencia total de sus vidas. No hay destino escrito, solo el camino que se desdobla frente a sus faros; y en ese asfalto infinito, eligen forjar un sentido propio y un amor áspero que se rebela y desafía el vacío del cosmos.

5. La Estética de la Precariedad: Honestidad Cruda y Claroscuros Neón

Desde mi meticuloso ojo Virgo, el apartado técnico de la obra exige un reconocimiento especial por su impecabilidad estructural y visual. David Pablos logra un equilibrio ético sumamente difícil: no romantiza la pobreza ni la marginalidad, pero sí les otorga una estética propia, poética e hipnótica. Las actuaciones de Osvaldo Sánchez y Víctor Prieto brillan por una honestidad cruda que no nace de la improvisación, sino de un trabajo de campo exhaustivo. Sánchez realmente manejó tráileres de madrugada e interactuó con los camioneros para encarnar el cansancio físico, mientras que Prieto investigó de primera mano los violentos y complejos espacios del trabajo sexual.

​Esta inmersión actoral está enmarcada por un trabajo de fotografía sobresaliente. La cámara utiliza magistralmente las luces neón gastadas, parpadeantes y enfermizas de las cachimbas, contrastándolas con la oscuridad devoradora del desierto chihuahuense. Este juego de iluminación no es solo estético, sino narrativo: subraya la violencia del vasto exterior frente al santuario claustrofóbico, cálido y sudoroso que representa el interior del tráiler, el único lugar donde ambos pueden ser libres.

6. Conclusiones

En el camino trasciende la etiqueta de "cine de denuncia" para convertirse en un ensayo visceral sobre la resistencia de los cuerpos marginados en el México contemporáneo. Al cruzar las intersecciones de la clase trabajadora, la disidencia sexual y la geografía fronteriza, la película nos obliga a mirar hacia esos rincones oscuros del país que el privilegio urbano prefiere ignorar. Es un recordatorio de que el machismo y el capitalismo operan en conjunto para destruir las masculinidades que no se ajustan a su molde productivo y represor.

​El triunfo de la película radica en su capacidad de encontrar belleza y agencia en medio de la desolación. La relación entre Muñeco y Veneno no busca ser un cuento de hadas asimilacionista, sino un manifiesto político: amar en la precariedad y fuera de la norma es un acto de anarquía pura. Al final, los protagonistas nos enseñan que cuando el sistema te niega el derecho a existir, tomar el volante y huir hacia la oscuridad con alguien que comparte tu herida es la máxima victoria posible.

​Como espectadores, nos quedamos con la sensación de haber transitado por un viaje existencial agotador pero necesario. La obra de David Pablos perdurará no solo por su impecable manufactura técnica, sino porque nos enfrenta a nuestras propias comodidades y nos cuestiona sobre qué significa realmente ser libre en un mundo diseñado para aplastarte.


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