Hay un placer perverso, casi existencial, en contemplar cómo las grandes maquinarias del poder absoluto se desmoronan bajo el peso de su propia arrogancia. En Legado de cenizas: La historia de la CIA, el periodista Tim Weiner no nos ofrece simplemente una crónica histórica, sino una radiografía implacable de la soberbia imperial. A través de una investigación exhaustiva, el libro expone cómo la nación más poderosa del planeta fue incapaz de construir un servicio de inteligencia funcional, creando en su lugar un monstruo burocrático que ha operado, desde sus inicios, en los márgenes del derecho internacional y la ética humana.
La premisa fundacional de la Agencia Central de Inteligencia es, en sí misma, una ironía trágica. Lo que el presidente Harry Truman concebía ingenuamente como un mero centro de coordinación para recibir boletines informativos diarios, pronto mutó en un ejército clandestino. Hombres como Allen Dulles y Frank Wisner, operando desde la comodidad de sus elegantes cenas dominicales en Georgetown, jugaron a ser los arquitectos del destino global. Esta élite, profundamente patriarcal y convencida de su superioridad moral, priorizó la espectacularidad violenta de las operaciones encubiertas por encima de la paciente y necesaria labor de comprender al "otro". El resultado fue una ceguera institucional crónica; una maquinaria que, en su afán por cambiar el mundo, jamás se detuvo a conocerlo.
El costo humano de esta ceguera es el verdadero núcleo oscuro de la obra. Weiner documenta cómo la agencia, en nombre de la "libertad", no dudó en reclutar a antiguos colaboradores nazis y fascistas europeos para librar su cruzada contra el comunismo. Las páginas del libro están manchadas con la sangre de miles de peones sacrificados en el tablero de la Guerra Fría. En Corea, en Europa del Este y en China, legiones de agentes locales fueron enviados a misiones suicidas, lanzados en paracaídas hacia una muerte segura, mientras sus superiores en Washington disfrazaban los fracasos con informes triunfalistas y falsificados.
Aún más escalofriante es la facilidad con la que la CIA orquestó la aniquilación de la soberanía en naciones del llamado Tercer Mundo. Las intervenciones en Irán (1953) y Guatemala (1954) se celebraron en los pasillos de Washington como victorias magistrales de la inteligencia, cuando en realidad triunfaron gracias a la coacción, el soborno a gran escala y la brutalidad de mercenarios y matones a sueldo. Se compraron voluntades, se derrocaron gobiernos democráticamente elegidos y se instalaron dictaduras que sumieron a poblaciones enteras en décadas de represión, tortura y censura. Todo ello, financiado con fondos secretos que escapaban a cualquier escrutinio público, revelando la farsa de una democracia que opera bajo los métodos del terrorismo de Estado.
Legado de cenizas es un recordatorio mordaz de que el poder desmedido, oculto tras el velo del secreto de Estado, inevitablemente se corrompe y se devora a sí mismo. Como bien concluyó el propio presidente Eisenhower al final de su mandato, la incapacidad de controlar a esta bestia extralegal dejó a las generaciones futuras, literalmente, un "legado de cenizas". Leer a Weiner hoy no es solo un ejercicio de memoria histórica, es un acto de resistencia intelectual contra los dogmas del autoritarismo; un brindis lúgubre, pero necesario, por la desmitificación de los falsos salvadores del mundo.
Comentarios
Publicar un comentario